Impresiones (5). Guillermo el suertudo, de Richmal Crompton

5 Guillermo el suertudoLa saga de Guillermo Brown se desarrolló en treinta y ocho libros publicados entre 1922, fecha del primero, Just William (Travesuras de Guillermo, en España), y 1970, fecha del último, William the Lawless (Guillermo y los bandidos, ídem). Los incondicionales de este niño de eternos once años —que somos muchos pues en ningún país gozó de mayor éxito, fuera del Reino Unido, que en el nuestro— sabemos que todos los libros consistían en una serie de relatos independientes a través de los cuales se fue desarrollando el ciclo. ¿Todos? En realidad, no. Cuando por fin pudimos conocer a través de Internet los pormenores de la saga y de su escritora, la impar Richmal Crompton, descubrimos que un único libro, el número veintiséis del total, fue en realidad una novela que estaba inédita en España (en general, el ciclo había sido publicado en su totalidad, con la excepción de diversos cuentos que permanecieron inéditos sin duda por desidia editorial: por no alargar más de lo conveniente los volúmenes). Esta novela se titulaba Just William’s Luck y por fin, en el año 2022, la editorial sevillana Renacimiento, dentro de su sello Espuela de Plata, la publicó con el título de Guillermo el suertudo, respetando la cubierta original y las ilustraciones originales, todas ellas del gran Thomas Henry. Para mayor encomio, la traducción intenta reproducir el aroma añejo (para lo bueno y para lo malo) del primer traductor, Guillermo López Hipkiss —que también fue un escritor importante en el esplendor de la novela popular española de los cuarenta—, comenzando por la castellanización de todos los nombres propios. A mí, que me horroriza esta práctica de la traducción hispana, hoy superada, en este caso me resulta de lo más natural: somos criaturas de hábitos.

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Los siete samuráis no eran magníficos

Los siete samuráisConocer más o menos bien la obra de Akira Kurosawa no es conocer bien el cine japonés, claro que no. Pero ayuda a conocer, y amar, la historia del cine en general. El haber sido el director nipón más accesible para el público occidental tampoco lo trivializa: se puede admirar a Ozu, Mizoguchi, Naruse y los directores de la nuberu bagu, e incluso haber buceado en el increíble cine de género nacional y descubrir que no todas las películas del país son lentas y sobrias, y aun así sentir un apego especial por el hombre que dirigió esas cumbre que son Vivir (1952) o El infierno del odio (1963). Es lógico: fue nuestra puerta a una cinematografía que se revela realmente inabarcable; que es mucho más que esos referentes que he citado. Los siete samuráis (1954) es una de sus obras más conocidas. No extraña que sea una película tan amada, en el mismo Japón y entre esos espectadores occidentales a los que nos gusta encontrar en ella numerosos vasos comunicantes con géneros tan entrañables como el western o el cine de aventuras en su vertiente de capa y espada. Hollywood lo supo enseguida, realizando un rápido remake con el título de Los siete magníficos (John Sturges, 1960), con el que solo puede compararse por su argumento, como señalaré más adelante. Los siete samuráis es eso que se llama «obra total»: en la desmesura de su metraje (al servicio, sin embargo, de una historia concisa como pocas y de un dibujo de personajes que no puede ser más sencillo y a la vez más complejo) encontramos una memorable reflexión sobre esa criatura especialmente paradójica que es el ser humano. Los siete samuráis de Kurosawa no son de ningún modo magníficos: son seres de carne y hueso, no arquetipos (o peor, como sucede en el film americano, estereotipos). Su grandeza dramática está a la par que la narrativa: la película se disfruta como una mera película de aventuras, por supuesto, pero alcanza su grandeza en el estupendo dibujo de personajes y en la fascinación visual que depara el uso de esas fuerzas de la naturaleza que siempre fue el sello del gran director japonés.

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El Corsario Negro en Corsario Rojo

Fastuosa portada de Corsario Rojo 9Comparto con mis amigos argentinos de la revista en pdf Corsario Rojo una especial devoción por Emilio Salgari. Ya había tenido ocasión de publicar en ella un artículo sobre el ciclo completo de Sandokán (CR 5, primavera austral 2023) y ahora han tenido a bien solicitarme que hiciera lo propio con su otra popular saga, la del Corsario Negro. ¿Nobleza obliga teniendo en cuenta el título de la revista? Sí y no. Cierto que en el ciclo salgaresco hay un par de corsarios que visten de escarlata, primero uno de los infortunados hermanos del héroe y después su hijo, protagonista de su propia novela. Pero también hay otro Corsario Rojo que sé que está en el ánimo de los directores de la revista, Federico Mare y Ariel Petruccelli, el de la novela homónima de Fenimore Cooper, el escritor estadounidense al que hoy prácticamente solo se le recuerda por El último mohicano. En cualquier caso, mi artículo versa sobre don Emilio de Roccabruna, señor de Ventimiglia, el noble italiano que recorre el mar Caribe en busca de venganza contra el duque de Wan Guld, flamenco al servicio de la Corona española que en la lejana Europa traicionó y mató al hermano mayor y que ahora en aguas americanas ha hecho colgar ignominiosamente a sus dos hermanos menores. Una vendetta de sangre en toda regla une a estos dos seres, una vendetta en la que Salgari no podrá evitar incluir un eslabón intermedio entre los dos hombres, nada menos que a la hija del segundo, a Honorata, por quien el Corsario concibe una pasión desmedida que, sin embargo, no le impedirá recordar que ha jurado exterminar a su enemigo y a todos sus seres queridos.

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Frankenstein de Guillermo del Toro: antes Coppola que Mary Shelley

Frankenstein, de Branagh           Drácula, de Coppola               

Poster de Frankenstein, de Guillermo del ToroDesde hace ya bastante tiempo, cualquier director con ambiciones que se acerca a los grandes mitos del terror gótico (Frankenstein y Drácula) no puede prescindir de la referencia a los libros de Mary Shelley y Bram Stoker que los vieron nacer. Atrás quedaron los tiempos en que las míticas productoras Universal y Hammer construyeron sobre esos personajes (partiendo de versiones ya de por sí libres de los originales literarios) una rica mitología del todo particular amparada en las creaciones de los actores emblemáticos que los encarnaron, Boris Karloff y Bela Lugosi en el caso del estudio de Hollywood, Peter Cushing y Christopher Lee en el del británico. El respeto que han ido ganándose las novelas parece impedir la recuperación de ese tratamiento con vocación de serialidad: cada nueva versión con inquietudes, por tanto, parece que necesita rendir tributo a sus creadores. Guillermo del Toro acaba de efectuar una nueva aproximación a la novela de Shelley, producida por Netflix con el escueto título de Frankenstein, que procura respetar sus líneas maestras a la vez que proponer una nueva mirada. El resultado es muy discutible, principalmente porque creo que el cineasta mexicano equivoca la obra que ha tomado por referencia, el Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola, una película que ya he comentado varias veces que me parece nefasta. Como esta, intenta combinar el respeto a la novela (en lo que ya se le había adelantado, hace treinta años, Kenneth Branagh con una versión que el tiempo está revalorizando, Frankenstein de Mary Shelley) con una inversión presuntamente transgresora de los roles de los dos personajes centrales.

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Regreso al futuro o el DeLorean que viajaba en el tiempo

La entrañable película Regreso al futuro acaba de cumplir el medio siglo de existencia, y eso ha justificado una reposición en cines, que he aprovechado para hacer lo que no hice en su día: verla en salas. Recupero el artículo que publiqué hace varios años, tras una de mis periódicas revisiones en formato doméstico, con las correcciones de rigor, pero sin alterar en nada la buena opinión que siempre me ha merecido.

Cartel espanol de Regreso al futuroAunque, por edad, debiera contarme entre los que mitifican el cine de entretenimiento del Hollywood de los años 80, más bien considero que constituye una de las más mediocres etapas de su trayectoria, puesto que, de la mano de un equivocado concepto del juego que debe haber entre tensión y distensión, lo que hizo fue trivializar el concepto de emoción. Aunque no fue el único responsable (ahí está para demostrarlo La princesa prometida, film cuyo culto no comprendo), suele echársele la culpa de esto a Steven Spielberg, tanto por sus propias películas (con ese anti-héroe que es Indiana Jones, y utilizo el concepto en su sentido literal: lo contrario a un héroe) como por las que produjo, sobre todo con el sello Amblin, de Los Goonies a Gremlins. Ahora bien, toda sentencia tiene sus atenuantes y en mi caso es Regreso al futuro (1985), una película que, por mucho que participe de buena parte de los defectos de sus compañeras de generación, tiene la virtud de proponer un cuento fantástico de extraordinario ingenio, a partir además de uno de los elementos para mí más sugestivos del acervo de la ciencia ficción: la máquina del tiempo. Cierto, el film que Spielberg produjo y dirigió Robert Zemeckis no intenta esconder en ningún momento su subordinación a ese público adolescente o juvenil (o eterno adolescente) que se suponía que entonces era el gran impulsor del mainstream. Pero lo hace con un virtuosismo y una convicción que permite superar sus defectos: revisión tres revisión, sigue provocándome la mayor de las diversiones.

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Sobre gangsters brutales y lo que fue de ellos

James Cagney, inmortalLos rugientes años veinte. Ese es el título original de una magnífica película de Raoul Walsh de 1939 que aquí en España se llamó Los violentos años veinte, lo que tampoco es inexacto. Rugientes y violentos: así fue para los Estados Unidos esa tercera década del siglo XX que inicialmente fue bautizada como los «felices años veinte», antes de que la Depresión de 1929, ese huracán que asoló el país primero y después el mundo, demostrara cuán frágil había sido esa felicidad. Y es que muchos incautos creyeron que en la que se estrenaba como primera potencia del mundo todo el mundo podía ser próspero: incluso esa clase obrera que aspiraba al pleno empleo y que, gracias a la producción en cadena y el descubrimientos de técnicas comerciales como el pago a plazos o la aparición de los grandes almacenes, por primera vez desde el nacimiento del proletariado pareció aspirar a un nivel de vida decente (y se entiende que para muchos eso fuese algo parecido a la felicidad). Por supuesto, era un espejismo. Lo barrió el crack de Wall Street, pero antes los indicios habían sido muchos. Y el primero había sido la violencia: violencia en la América rural (los veinte fueron los años de los famosos «enemigos públicos número uno» salvajemente acribillados por los agentes del FBI, los Dillinger y Bonnie & Clyde) y violencia en la América urbana. La famosa ley Volstead, aprobada en 1920, había prohibido la fabricación, distribución y venta del alcohol, esa lacra que los puritanos gobernantes estadounidenses pretendieron erradicar por impulso legislativo. Por supuesto, lo que hizo la Prohibición fue dar pie a la edad de oro del gangsterismo, la de los Al Capone, Lucky Luciano y Bugsy Siegel. Y qué mejor que el cine para levantar el acta de su ascenso, esplendor y caída. No lo hizo de modo sincrónico, pues fue en la década siguiente, los treinta, cuando los personajes inspirados en ese modelo poblaron las pantallas de cine. Pero con qué fuerza: la llamada crook story, es decir, el cine protagonizado por gangsters, fue la primera gran corriente del cine policiaco estadounidense y creó por tanto su primera mitomanía. Unos gangsters que se conducían con una brutalidad que hoy sigue golpeándonos con inusitada violencia desde esas imágenes en blanco y negro y que convirtieron en mito a actores como Edward G. Robinson o James Cagney.

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Los gozos y las sombras: personajes, rostros, vidas

La edicion en Alianza de Los gozos y las sombras, no la mas afortunada portada de Daniel Gil

En la primavera de 1982 se estrenaba en TVE una serie que enseguida fue recibida con enorme éxito. Se trataba de Los gozos y las sombras y adaptaba una trilogía novelesca del escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester. Para muchos de los niños de la época la serie fue una cumbre del morbo erótico, más que nada porque nuestros padres no nos la dejaron ver y los relatos de otros compañeros, que luego comprobamos que hablaban más bien de oídas pese a su jactancia, hicieron que nuestra libido adolescente se disparara con facilidad, sobre todo cuando nuestra imaginación intentaba reconstruir la imagen de la guapísima actriz Charo López haciendo toda clase de ejercicios sexuales con la pata de una cama —escena que, cuando por fin pudimos ver directamente años después, lógicamente nos decepcionó porque era mucho menos gráfica de lo que pretendían nuestros amigos. La serie llevó a muchos espectadores a la novela, convirtiendo al gallego de autor desconocido o minoritario en escritor reconocido cuyos nuevos libros, desde ese momento, fueron vendiéndose como nunca antes. Cuando más o menos diez años después del estreno (no recuerdo a cuántos de la reposición que me permitió recuperarla) yo mismo me leí la trilogía me encontré, principalmente, una muy atractiva «versión extendida» de la serie que tanto me había gustado. Hace poco he vuelto a releerla (una vez más porque me dio por revisar la serie) y a disfrutarla incluso en mayor medida al haber reducido esta vez la versión televisiva a un nivel estimable pero muy alejado del original literario. Ahora bien, la principal virtud de la serie me ha acompañado a lo largo de toda su lectura: los Carlos Deza, Clara Aldán, doña Mariana y tantos excelentes personajes se han presentado en mi mente con los rasgos, la voz y la forma de moverse de su espléndido reparto. Tan imposible es desligar a unos de otros que este comentario intentará compaginar ambas variantes de la misma historia.

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El país de los muertos se llama Marienbad

El libro de Hilario J. Rodriguez sobre Marienbad

Ayer asistí, en El Tercer Piso de la librería Proteo de Málaga, a un imborrable encuentro cinéfilo acerca de una de las películas más fascinantes que conoce el séptimo arte, El año pasado en Marienbad. Héctor Márquez, alma mater de este espacio cultural, nos traía al excelente crítico de cine Hilario J. Rodríguez (señalo que la crítica no agota, ni mucho menos, su poliédrica personalidad) para hablar del precioso librito (el diminutivo se refiere a su tamaño, que no a su densidad) que ha dedicado al film de Alain Resnais. Todavía bajo el influjo del torrencial verbo de Rodríguez, capaz de unir las más diversas referencias en ese maelström absorbente que es Marienbad, no he podido dejar pasar ni un día sin volver a ver esta película. Recupero el artículo que escribió hace diez años en su honor —compruebo que recupero este título más o menos con ese intervalo— y del que casi no he tenido que cambiar ninguna palabra, algo notable en mí. ¿Me habré convertido, a efectos de esta obra, en otra de sus inmutables presencias, prisionero también de un lugar que quién sabe si es Marienbad u otro balneario… o sencillamente, como creo yo, el Reino de los Muertos? ¿Vendrá alguien a rescatarme, como intenta hacer Giorgio Albertazzi con Delphine Seyrig?

Cartel de El año pasado en MarienbadEn el escenario de un elegante balneario situado quién sabe dónde, un hombre asedia a una mujer día y noche con el mismo relato: ambos vivieron una historia de amor el año anterior (tal vez en aquel mismo hotel, tal vez en otro; el escenario del romance puede llamarse Marienbad o puede llamarse Fredriksbad), que quedó en suspenso, a petición de ella, para reunirse al cabo de ese tiempo y partir finalmente juntos; la mujer, sin embargo, lo niega, no recuerda nada, pero deja que él añada detalles e intimidades a ese affaire que, dice, vivieron juntos, mientras le demanda que cumpla su promesa de escaparse con él; escaparse, puesto que en el balneario hay un tercer hombre, que bien puede ser el marido, y que en cualquier modo tiene algún poder sobre ella, pese a la frialdad de su trato; ese tercer hombre pasa las tardes embarcado en juegos de mesa con el resto de huéspedes, juegos sencillos en los que sin embargo gana una u otra vez… Esta breve recensión se corresponde con lo único que puede afirmarse que es —y ya hay que poner cursivas— esta película llamada El año pasado en Marienbad y que desde el año de su estreno, hace ya más de cincuenta, en 1961, sigue concitando polémicas e interpretaciones, siendo para unos el símbolo del cine más vacuo y pedante, artístico en la acepción más peyorativa de esta palabra, y para otros una obra genial y fascinante, signifique lo que signifique (y ahí está la gracia, encima). A los primeros, diez minutos de ella les parecen diez años; a los segundos, la hora y media que dura nos deja con ganas de seguir paseando por esos jardines geométricos, por esos barrocos pasillos, por ese laberinto del tiempo y de la memoria que es Marienbad.

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Mis piratas favoritos del cine (II)

I         II

cartel-espanol-de-la-mujer-pirataMi película favorita de piratas es, y a estas alturas creo que siempre lo será, La mujer pirata (1951), joya absoluta no ya del tema que nos ocupa sino de toda la historia del cine, por encima de géneros, pues como todas las grandes obras tiene la virtud de que, adoptando un formato concreto para sus fines narrativos, supera esos márgenes para proponer una reflexión de alcance universal sobre el amor y la muerte, sobre la vileza y la redención, sobre la inocencia y el dolor. Aunque los expertos alegan inspiración en una mujer real, Anne Bonny, citada por Daniel Defoe en su célebre Historia de los más famosos piratas —la cual, en efecto, compartió peripecias con los piratas, incluso comandando una tripulación con su amante, pero que nunca fue la capitana de a bordo—, bajo el tratamiento de los guionistas (uno de ellos el gran Philip Dunne), la ahora bautizada como Anne Providence se convierte en una fantasía masculina, un sueño de exaltado romanticismo que al mismo tiempo es un malsano cuento sado-erótico en el que el roce de los cuerpos vale tanto como la expectativa de su sufrimiento. En La mujer pirata sufren los cuerpos y sufren las almas, se ama con exaltación, se odia con depravación, se tortura físicamente, se acaricia con salvajismo al ser que antes se torturó, se sueñan viles venganzas para la mujer que se descubre que se lleva las caricias verdaderas… Y todo ello narrado con una delicadeza imborrable, de tal modo que lo que se ve vale tanto como lo que se intuye, jugando con el color y con las sombras, con las texturas y con las emociones, haciendo que la historia sea por un lado diáfana como para que la disfrute un niño y por otro sugiera sombras y desprenda una misteriosa capacidad para desnudar el alma humana. No en vano la dirigió uno de los mayores genios que ha dado el séptimo arte, Jacques Tourneur, el Robert Louis Stevenson del cine. Seguir leyendo

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Mis piratas favoritos del cine (I)

I       II

Tyrone Power y Maureen O'Hara en El cisne negro

«Creed todo lo que veáis», exclamaba el rubísimo pirata que me miraba directamente desde el otro lado de mi televisor en alguna de las inolvidables sesiones de tarde de los sábados de mi infancia. Ahora bien, después de saltar colgando de un cabo de una vela a otra, volvía a detenerse ante la cámara y puntualizaba: «Bueno, solo la mitad de lo que veáis». Quien hablaba con tal desparpajo era uno de mis actores favoritos de siempre, Burt Lancaster, y su personaje se llamaba el Pirata Rojo (en el doblaje: en realidad era el Pirata Carmesí, pero la sincronización con el movimiento de labios del personaje obligaba a ahorrarse una sílaba y el color cambió un tanto). La película, por supuesto, era El temible burlón (1952). Una película de piratas, uno de esos modelos de aventurero que el cine me enseñó a amar (con el noble cow-boy, el infalible espadachín y el detective desengañado). Recuerdo haber devorado las novelas de Emilio Salgari sobre Sandokán o los tebeos del Corsario de Hierro, y mi juguete más querido sin duda fue el barco pirata de los Clicks (cuando estos todavía eran de Famobil). En resumen, los piratas fueron muy importantes en mi educación emocional. Los piratas buenos o al menos pícaros, se entiende, y no los meramente malvados: es curioso que mi escritor favorito, Julio Verne, siempre ofreciera la imagen más vesánica del oficio, por ejemplo en esos clásicos del naufragio (otro rol fundamental que añadiría a los señalados líneas arriba) que son La isla misteriosa o Dos años de vacaciones. Pero lo compensan el Corsario Negro, el capitán Blood o la mujer pirata que amó a un taimado francés que no la merecía. El artículo en dos partes que inicio ahora mismo quiere transmitir algo de este amor a través de las mejores películas de piratas que recuerdo. Seguir leyendo

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Impresiones (4). El doble, de Fiodor Dostoyevski

4 El doble, primera versionSi hay un libro que justifica la tantas veces comentada vinculación entre el escritor ruso Dostoyevski y el escritor checo en lengua alemana Frank Kafka sin duda es El doble. El mundo de culpas incógnitas, de laberínticos procesos personales que no conducen sino a la destrucción, de opresión existencial del individuo ante esa masa que llamamos sociedad, ya se encuentra aquí en plenitud. Ahora bien, donde el autor de El proceso aplica un casi maniaco prurito de objetividad inexplicable que hace insoportablemente realista la pesadilla más inverosímil, Dostoyevski (que no pudo conocer a Kafka pero sí a Gógol) se recrea en la subjetividad más tortuosa, deteniéndose en las dimensiones más grotescas de la peripecia que narra, al borde siempre de la caricatura pero salvándose de caer en ella por su estremecedora lucidez final. Fue la segunda novela del ruso, tras la excelente acogida de Pobres gentes (1846). Su protagonista es un funcionario de baja categoría llamado Goliadkin que asiste asombrado a la irrupción en su vida de un individuo que se llama como él, que es parecido a él como una gota de agua (hasta el punto incluso de vestir la misma ropa) y que incluso consigue trabajo en el mismo negociado que él. Inicialmente sumiso y humilde, hasta el punto de que parece haber aceptado al Goliadkin «original» en guía y protector, el llamado Goliadkin menor o Goliadkin II enseguida se convierte en el tormento del protagonista, asumiendo (robándole) sus funciones y humillándolo en público delante de sus compañeros mediante un proceso que no cabe duda de que es un verdadero acoso.

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Los 4 Fantásticos contra Dios

El toque vintage de Los 4 Fantasticos primeros pasos se advierte en su poster de promocionLos 4 Fantásticos estaban afrontando unos tiempos muy agitados. En primer lugar, su archienemigo el Doctor Muerte los puso contra las cuerdas apoderándose de su propio hogar, el Edificio Baxter, y para derrotarlo hubo que hacer lo más doloroso: revertir a Ben Grimm, que había recuperado su forma humana, a la apariencia monstruosa de la Cosa. El dolor subsiguiente de este lo llevó a caer en manos del anti-grupo por excelencia de los 4F en esa época, los Cuatro Terribles, quienes consiguieron hacerlo de los suyos por un breve pero angustioso tiempo. Acto seguido, descubrieron la existencia ignorada hasta entonces no de un grupo de seres superpoderosos sino de todo un pueblo dotado, los Inhumanos, que ha vivido oculto hasta ahora en una ciudad hipertecnológica escondida en el Himalaya. ¿Qué más podía suceder? Pues que al regreso a Nueva York, se encuentren el cielo primero cubierto de llamas y después de misteriosos desechos espaciales, señales todas que anuncian la inminente llegada de un ente cósmico llamado Galactus y apodado el Devorador de Mundos pues eso es justo lo que hace: absorber la esencia del planeta en que posa sus ojos y destruirlo. Un ser de poder inconcebible, pero es que Stan Lee, el director editorial de Marvel, le había pedido a su colaborador en la serie Fantastic Four, el genial Jack Kirby, que después de tantas maravillas a las que habían hecho enfrentarse a sus personajes, solo les quedaba hacerlo con… Dios. La película que por fin ha permitido a Marvel Studios acoger en su seno a la llamada Primera Familia —en sentido literal, pues esta es la colección que vio nacer el Universo Marvel— ha recuperado este colosal enfrentamiento. ¿Qué mejor carta de presentación podía tener el esperadísimo regreso al seno materno de los 4F?

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Perderse en el tiempo de Proust (I)

I       II       III

Las referencias de volumen y página se corresponden con la edición en siete libros de la novela, con el título de A la busca del tiempo perdido, en El Paseo (2022), y que es una puesta al día de la misma traducción y edición de Mauro Armiño para Valdemar, publicada veinte años atrás. 

A la busca del tiempo perdido, traduccion de Mauro Armino, en El PaseoLas cerca de tres mil páginas, según las ediciones, a lo largo de las cuales se extiende En busca del tiempo perdido (sigo prefiriendo este título al elegido por Armiño) supongo que para la mayoría constituyen un argumento disuasorio a añadir a la fama de «difícil» de la novela y que desde hace más de un siglo comparte con la otra obra con la que las historias de la literatura nos dicen que forma el díptico de definitiva entrada a la modernidad literaria, el Ulises de James Joyce. Si en este caso la dificultad no estriba tanto en la larga extensión como en el cambiante registro lingüístico, en el de Marcel Proust es su reputación de obra morosa, compuesta por acciones mínimas sobre las que su narrador da vueltas y vueltas que se prestan al fácil juego de palabras a que se presta su título. Mi contacto con la novela, sin embargo, que en esta ocasión pretende ser definitivo —yo también sé lo que es haber buceado en sus aguas superficiales y no haberme decidido a llegar al fondo—, me indica que es otro el objetivo que debe proponerse un lector inquieto al abrir las páginas del primero de sus libros: no es lo mismo no querer perder el tiempo con Proust que decidirse a perderse en el tiempo de Proust. Desde este punto de vista, y leídos ya dos de los siete libros que componen el total, pienso que puede suponer una experiencia en verdad memorable. Una experiencia que, por una vez, creo que no puede ser emprendida con el objeto de concluirla de un tirón. Mi propia tendencia a cambiar continuamente de temas y registros me aconseja proponerme paradas cada dos volúmenes, al menos. Es por eso que este primer artículo versará sobre los dos primeros libros que la componen. Por supuesto, su objeto no es tanto realizar un análisis en profundidad de sus elementos literarios, que por extensión y preparación me sería imposible, sino una reseña de temas argumentales y elementos dramáticos que puedan ayudar a quien quiera asomarse a sus páginas y que de paso sea mi propia memoria de impresiones para el futuro.

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Si es argentina, sale Darín

El Eternauta. Ricardo Darín. Cr. Sebastián Arpesella / Netflix ©2025Sin duda, la nómina de actores argentinos del último medio siglo es impresionante. Primero conocimos a aquellos que vinieron a España huyendo de la turbulencia política de su país: Héctor Alterio, Federico Luppi o Cecilia Roth. Después aquellos que protagonizaron el boom que su cine protagoniza desde comienzos del siglo XXI, muchos de los cuales también acabarían aclimatándose en nuestro país: Darío Grandinetti, Miguel Ángel Solá, Leonardo Sbaraglia y Óscar Martínez. Pero sin duda el nombre que a cualquiera se le viene a la cabeza enseguida es el de Ricardo Darín. Lanzado a la fama por el éxito de El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001), desde entonces ningún intérprete de ese país acumula tal cantidad de películas estrenadas en las pantallas españolas, y por lo general con gran repercusión, hasta tal punto de que el título que he elegido para el artículo no es broma: cada vez que se ha estrenado en estos veinticinco años un film argentino, lo raro es que no saliera él. Estamos uno de estos actores que, en vida, alcanzan la reputación de «monstruo sagrado». Como hace tiempo que he dejado atrás las mitomanías (y esos calificativos son propios de mitómanos), mi relación con este excelente actor es como la que se tiene con un viejo amigo que cada vez que te invita a su «casa» sabes que te reserva una buena velada. Siendo un actor con una imagen bien reconocible —lo que quiere decir que sus gestos, sus miradas, su forma de hablar o de reaccionarnos resultan ya muy familiares—, sin embargo ha tenido saludablemente el buen sentido de jugar siempre con variantes sobre el tipo de rol que se podía esperar de él. Unas veces su registro es extrovertido, incluso exuberante; otras es contenido, a veces incluso hasta bordear el ensimismamiento. En cualquier caso, su galería de personajes es muy rica, y es por ellos por lo que he elegido acercarme al intérprete. Porque al final lo que nos queda de los actores, lo que sigue impulsándonos a decirnos una noche «hoy me apetece ver una de…», son sus personajes y películas.

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Escorpio: Hamlet en Marvel

df1048De entre todas las colecciones de grupos de Marvel, Los Defensores nunca fue gran cosa. Sus responsables quisieron personalizarla señalando que los integrantes del equipo en realidad no querían formar ningún equipo: que eran solitarios que solo por azar cruzaban sus caminos y marchaban juntos mientras tenían que detener las aviesas intenciones de algún enemigo. No eran un grupo: eran un no-grupo. Una pequeña falacia que solo hubiera tenido sentido si la colección apenas se hubiera extendido por un puñado de números… pero superó largamente la centena. Aunque por ella pasaron nombres importantes (Steve Gerber, Steve Englehart, Sal Buscema…), en general no hicieron sus mejores trabajos en sus páginas. Y sin embargo, en ellas se encierra uno de los trabajos más admirablemente densos de las dos primeras décadas de la Casa de las Ideas, una pequeña saga que se conoce bajo el título de «¿Quién recuerda a Escorpio?». Una saga que, en principio, no prometía gran cosa tampoco. El guionista que la firmó, David Kraft, no ofreció, en lo que yo sé, nada a la misma altura, de tal modo que también podemos calificarlo como un escritor mediano. El villano que da título a la aventura había aparecido un par de veces en otras series y había sido olvidado: era un villano del montón. Y sin embargo, los inesperados rasgos que singularizan la saga la convierten en una de las historias más memorables de Marvel. Una historia además dotada de una admirable modestia. No hay la menor pretenciosidad en ella y sin embargo, con Escorpio, Marvel propuso un misterioso avatar de nada menos que Hamlet, un villano con problemas de identidad, atormentado por el fracaso al que parece conducirse toda su existencia y porque el tiempo se le echa encima sin que haya tenido ocasión aún de demostrar no ya que es alguien sino que tiene derecho a la plenitud y a la felicidad, una ambición inesperada para lo que a priori suelen perseguir los villanos del género. Seguir leyendo

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